A medida que pasa el tiempo, la humanidad se ha vuelto más dinámica, más ágil, más competitiva, por ende, más impaciente.
Hace algunos años, antes del auge tecnológico, nuestros abuelos, y padres en algunos casos, operaban con un sistema de correos, que en el mejor de los casos “carta expresa”, se comunicaban con una demora de no menos de 48 hrs, no tenían teléfonos móviles, de manera que, comunicarse con una persona tenía que esperar a que la misma regresara a su hogar. El trabajo era un asunto que solo podía ser atendido “en el lugar de trabajo”, el cual solo demandaba unas 8 horas diarias, horas que se distribuían de lunes a viernes, deberemos tener en cuenta además, que los horarios se repartían en mañana y tarde, lo que significaba que no solo se respetaba un horario para el almuerzo de la familia, sino que se podía descansar unos minutos a la siesta. En caso de que alguno trabajara un sábado, solamente lo hacía hasta el mediodía.
En cuanto a los domingos, esos eran sagrados, nadie osaba molestar por razones laborales a nadie, ese era el día de la familia, en que nuestros ancestros nos llevaban al parque y mientras los niños jugaban, ellos charlaban durante horas de la familia, la pareja, sus sueños y la posibilidad de realizarlos, sus proyectos, sus necesidades y creaban la satisfacción de las mismas.
En esa época, todo era fabricado en el país de origen, lo que ayudaba no solo al desarrollo de la economía local, sino que la sola idea de un proceso migratorio dentro o fuera del país para la búsqueda de un trabajo o “un futuro mejor” era descabellado.
Un buen día, surgieron las grandes ideas tecnológicas y productivas, esas que nos acercaron un teléfono portátil, las que nos dieron la posibilidad de enviar y recibir correspondencia electrónica, no permitieron el hecho de trabajar desde casa y no llenaron de información constante y sonante. No hubo que “esperar más”, y no esperar más comenzó a ser la constante.
No esperamos mas a que la carta sea llevada o traída físicamente, para eso existía el mail, o en su defecto el SMS. No esperamos más a que alguien legue a su casa, lo llamamos donde fuese y a la hora que fuera, no esperamos más que la fabrica del pueblo haga los muebles, le mandamos un mail a una fabrica a otra cuidad o al otro lado del mundo de ser necesario para evitar esperar, no esperamos más que el almacenero de la esquina habrá después de la siesta para ir a comprar, íbamos al supermercado, que estaba abierto a la siesta y luego abría las 24 horas, incluido los ya no tan sagrados domingos. No esperamos más recomponer una situación económica, no esperamos que mi vecino me ayude a “poner el hombro” para recomponer la economía, nos mudamos a un nuevo horizonte, no esperamos más el almuerzo en familia, ni a los chicos después de la escuela, ni esperamos a que crezcan… nunca más esperamos más nada.
Hoy, pagamos cientos de dólares a un Gurú, llevado a los grandes escenarios por empresas de marketing, para que nos diga que esperemos el momento, que no nos gane la ansiedad, que valoremos lo que en realidad tiene valor, la familia, el amor, el respeto, los sueños, los valores mismos, la persona. Nos dice que tenemos que darnos tiempo, para crecer, para crear, para vivir.
Recuerdo bien que mis padres eran millonarios en tiempo, ellos tenían tiempo para trabajar, para ayudarme a estudiar, para ir al parque, para almorzar en familia, para reunirse con sus amigos, para soñar y para descansar. Tenían tiempo, la sociedad toda se tomaba el tiempo que necesitaba.
Hoy, observo a mis semejantes y todo el mundo se queja de lo mismo, no hay tiempo. Surge la pregunta: ¿en que perdimos el tiempo?, ¿Dónde, o cuándo lo perdimos?, ¿en qué nos benefició el avance tecnológico-productivo?, perdón, ¿A quién beneficio?
Por último, como pensando en voz alta, ¿existe la posibilidad que la instaurada sociedad de consumo, los medio masivos de comunicación y las grandes corporaciones nos ayudaron a formar una idea distorsionada de las prioridades y necesidades reales que tenemos?, ¿estamos en una era en que “la caja boba”, (T.V.), nos revela necesidades indispensables, impuestas en base a miedos inculcados?, la economía global, ¿nos ha hecho creer que un billete es más importante que una vida?
Tenemos la responsabilidad de cambiar nuestros destinos, ya deja de ser esto un simple derecho, cuando las generaciones futuras descubran en lo que nos hemos transformado puede que hayamos dejado un despojo de humanidad, más, no es de ellos la responsabilidad de la reconstrucción, es nuestra. Trabajemos hoy para dejarles nuestros hijos no solo un mundo más limpio, sino una sociedad más humana, mas empática, un lugar al ellos puedan llamar hogar.
Hace algunos años, antes del auge tecnológico, nuestros abuelos, y padres en algunos casos, operaban con un sistema de correos, que en el mejor de los casos “carta expresa”, se comunicaban con una demora de no menos de 48 hrs, no tenían teléfonos móviles, de manera que, comunicarse con una persona tenía que esperar a que la misma regresara a su hogar. El trabajo era un asunto que solo podía ser atendido “en el lugar de trabajo”, el cual solo demandaba unas 8 horas diarias, horas que se distribuían de lunes a viernes, deberemos tener en cuenta además, que los horarios se repartían en mañana y tarde, lo que significaba que no solo se respetaba un horario para el almuerzo de la familia, sino que se podía descansar unos minutos a la siesta. En caso de que alguno trabajara un sábado, solamente lo hacía hasta el mediodía.
En cuanto a los domingos, esos eran sagrados, nadie osaba molestar por razones laborales a nadie, ese era el día de la familia, en que nuestros ancestros nos llevaban al parque y mientras los niños jugaban, ellos charlaban durante horas de la familia, la pareja, sus sueños y la posibilidad de realizarlos, sus proyectos, sus necesidades y creaban la satisfacción de las mismas.
En esa época, todo era fabricado en el país de origen, lo que ayudaba no solo al desarrollo de la economía local, sino que la sola idea de un proceso migratorio dentro o fuera del país para la búsqueda de un trabajo o “un futuro mejor” era descabellado.
Un buen día, surgieron las grandes ideas tecnológicas y productivas, esas que nos acercaron un teléfono portátil, las que nos dieron la posibilidad de enviar y recibir correspondencia electrónica, no permitieron el hecho de trabajar desde casa y no llenaron de información constante y sonante. No hubo que “esperar más”, y no esperar más comenzó a ser la constante.
No esperamos mas a que la carta sea llevada o traída físicamente, para eso existía el mail, o en su defecto el SMS. No esperamos más a que alguien legue a su casa, lo llamamos donde fuese y a la hora que fuera, no esperamos más que la fabrica del pueblo haga los muebles, le mandamos un mail a una fabrica a otra cuidad o al otro lado del mundo de ser necesario para evitar esperar, no esperamos más que el almacenero de la esquina habrá después de la siesta para ir a comprar, íbamos al supermercado, que estaba abierto a la siesta y luego abría las 24 horas, incluido los ya no tan sagrados domingos. No esperamos más recomponer una situación económica, no esperamos que mi vecino me ayude a “poner el hombro” para recomponer la economía, nos mudamos a un nuevo horizonte, no esperamos más el almuerzo en familia, ni a los chicos después de la escuela, ni esperamos a que crezcan… nunca más esperamos más nada.
Hoy, pagamos cientos de dólares a un Gurú, llevado a los grandes escenarios por empresas de marketing, para que nos diga que esperemos el momento, que no nos gane la ansiedad, que valoremos lo que en realidad tiene valor, la familia, el amor, el respeto, los sueños, los valores mismos, la persona. Nos dice que tenemos que darnos tiempo, para crecer, para crear, para vivir.
Recuerdo bien que mis padres eran millonarios en tiempo, ellos tenían tiempo para trabajar, para ayudarme a estudiar, para ir al parque, para almorzar en familia, para reunirse con sus amigos, para soñar y para descansar. Tenían tiempo, la sociedad toda se tomaba el tiempo que necesitaba.
Hoy, observo a mis semejantes y todo el mundo se queja de lo mismo, no hay tiempo. Surge la pregunta: ¿en que perdimos el tiempo?, ¿Dónde, o cuándo lo perdimos?, ¿en qué nos benefició el avance tecnológico-productivo?, perdón, ¿A quién beneficio?
Por último, como pensando en voz alta, ¿existe la posibilidad que la instaurada sociedad de consumo, los medio masivos de comunicación y las grandes corporaciones nos ayudaron a formar una idea distorsionada de las prioridades y necesidades reales que tenemos?, ¿estamos en una era en que “la caja boba”, (T.V.), nos revela necesidades indispensables, impuestas en base a miedos inculcados?, la economía global, ¿nos ha hecho creer que un billete es más importante que una vida?
Tenemos la responsabilidad de cambiar nuestros destinos, ya deja de ser esto un simple derecho, cuando las generaciones futuras descubran en lo que nos hemos transformado puede que hayamos dejado un despojo de humanidad, más, no es de ellos la responsabilidad de la reconstrucción, es nuestra. Trabajemos hoy para dejarles nuestros hijos no solo un mundo más limpio, sino una sociedad más humana, mas empática, un lugar al ellos puedan llamar hogar.
Gustavo Agüera
Terapeuta Holístico

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